
Había ya leído
El anillo, de
Jorge Molist, libro que me entretuvo y me hizo acercarme en la ficción a tierras muy queridas del Mediterráneo, paisajes que añoro cuando me agobia el trabajo y el frío... cuando ví a mi vecina con otro libro del mismo autor:
La reina oculta. Aunque el primero iba de templarios, que a veces llegan a cansarme un poco con su presencia en toda novela histórica, me apeteció leerlo y me lo prestó.
La reina oculta está basada en la historia medieval en tierras del sur de Francia, y no habría pasado mucho tiempo cuando tuve oportunidad de viajar precisamente a esas tierras, en un viaje rápido pero intenso, del que guardo buenos recuerdos. En la anterior entrada se me ocurrió poner una imagen del Mediterráneo y buscando entre las pocas fotografías "decentes" que guardo de los últimos viajes, aparecieron las de este lugar que asocio a la novela, pero a muchas cosas más.

Esta novela también va de cruzados, reyes, princesas, juglares, obispos, cátaros...Los famosos cátaros, herejes que aparecen en tantas novelas históricas de la Edad Media y que acaban cayéndote simpáticos.
Estuvimos en Perpignan, Colliure, Saint Cyprien, Banyuls sur mer... cerca de Carcasona, Narbona, Beziers... lugares que se citan en el libro y segura estoy de que la acción transcurre también donde yo estuve en su trasiego hacia los reinos españoles pasando los Pirineos...
En el país vecino visitamos viñedos y bodegas. Era el motivo fundamental de la visita, además de hablar y conocer de forma más relajada a unas personas excepcionales, apasionadas por el mundo del vino, desde el cultivo a la elaboración más cuidada, la enología como ciencia y cultura, innovadoras, inquietas y luchadoras.

Viñedos al lado del mar. Viñedos bajo antiguos castillos... En uno de esos castillos, me dijeron, estuvieron los cátaros. Como cuando acabas de leer un libro llevas un poco en la cabeza algunas escenas y personajes, no me costó nada situar a los guerreros, los carros, los caballeros por aquellos paisajes. Sentí emoción, supongo que a todos los lectores nos pasa. Es un momento de conexión con el pasado, con la historia, con los hombres y mujeres que han pisado la misma tierra, los mismos suelos...


Pude tomar contacto también aunque brevemente con la historia reciente de España, las calles, las gentes, el monumento a la Sardana, el buen español y catalán que hablan (qué fácil fue entenderse en francés con ellos) descubres historias de abuelos que marcharon al exilio a las vecinas ciudades, que se sienten bien allí, sus descendientes son franceses, pero conservan el amor por el idioma y las costumbres. Para algunos, su capital es más Barcelona que París.
La fotografía es nada más y nada menos de Colliure. Una pequeña ciudad llena de encanto, bastante turística, por la que pasamos deprisa. Hicimos fotografías y pensamos regresar al día siguiente, antes de marchar, para visitar la tumba de Machado. Nos fue imposible aparcar. Un domingo por la mañana en junio no había sitio para el coche. Queda pendiente, he de volver, esa visita no se completó.